La Terapia Reversión del Dolor es un abordaje terapéutico que debe su existencia a la investigación científica. Cada uno de sus cinco bloques o pilares, se sustenta en evidencia sólida y rigurosa, comparable a la que acompaña a cualquier procedimiento farmacológico o médico-quirúrgico. Nuestra labor como profesionales sanitarias consiste precisamente en trasladar a la práctica clínica los avances que se generan en el ámbito de la investigación.

Sin embargo, esta necesaria conexión entre investigación y clínica pone de relieve una realidad que sigue siendo poco visible. En los laboratorios existe una presencia significativa de mujeres investigadoras que sostienen el trabajo técnico, metodológico y experimental. A pesar de ello, el liderazgo visible, la autoría principal y el reconocimiento público continúan estando, en gran medida, masculinizados.

Esta misma dinámica se reproduce con especial claridad en el ámbito del dolor y, de manera particular, en los enfoques biopsicosociales y mente-organismo. Resulta paradójico que modelos que cuestionan reduccionismos históricos y amplían la comprensión del sufrimiento humano sigan reproduciendo patrones tradicionales de liderazgo. En este contexto, no deja de ser significativo que sólo dos mujeres estén actualmente liderando propuestas terapéuticas estructuradas en este campo: Georgie Oldfield, pionera en la integración clínica del modelo mente-cuerpo del dolor, y una de las autoras de este texto, que llegó a este enfoque inspirada directamente por su trabajo, y lo ha desarrollado en el marco de la Terapia Reversión del Dolor.

No se trata de una reivindicación personal ni de una excepción celebratoria, sino de un dato que ilustra una tendencia estructural más amplia: incluso en modelos que se definen como integradores, relacionales y sensibles a la experiencia subjetiva, el liderazgo continúa concentrándose mayoritariamente en figuras masculinas.

En el ámbito clínico observamos una dinámica similar. Las mujeres son mayoría entre las terapeutas que acompañan procesos de dolor y desarrollan práctica especializada. Sin embargo, la visibilidad, el posicionamiento profesional y el reconocimiento institucional no siempre reflejan esa presencia mayoritaria.

Los datos lo confirman. En España, las mujeres representan aproximadamente entre el 39 % y el 42 % del personal investigador, una cifra prácticamente estancada desde 2009. Aunque superan el 50 % de la población activa en ciencia y tecnología, solo alrededor del 25 % ocupa puestos de liderazgo. La presencia femenina es especialmente alta en el ámbito de la salud —más del 70 %—, pero desciende por debajo del 26 % en ingeniería.

Esta desigualdad estructural no es únicamente una cuestión de representación. Tiene consecuencias directas sobre qué se investiga, cómo se investiga y con qué datos se construyen los modelos científicos y tecnológicos que posteriormente se aplican en la práctica clínica.

La cuestión adquiere una relevancia particular cuando hablamos de síntomas disfuncionales como el dolor. La evidencia muestra que su prevalencia es mayor en mujeres. A pesar de ello, durante décadas la investigación biomédica ha utilizado predominantemente modelos masculinos para el desarrollo de fármacos y protocolos terapéuticos. Esta elección metodológica ha condicionado la forma en que se comprende, diagnostica y trata el dolor en la población femenina.

De ahí que la persistente invisibilización de condiciones crónicas que afectan mayoritariamente a mujeres —como el Trastorno Neurológico Funcional, la fibromialgia o la endometriosis— vaya acompañada, con demasiada frecuencia, de una minimización sistemática de estos diagnósticos o incluso de su descarte explícito por parte de una medicina todavía desactualizada y atravesada por sesgos de género. En este contexto, la dimensión emocional del dolor continúa siendo estigmatizada no por falta de evidencia, sino porque su estudio exige una apertura metodológica que incorpore investigación cualitativa junto a la cuantitativa. Arrastramos siglos de primacía casi exclusiva de lo medible, de lo objetivable y de lo numérico, un sesgo que hoy resulta claramente insuficiente para abordar fenómenos complejos como el dolor persistente. La evidencia contemporánea señala con claridad que estos problemas no pueden comprenderse ni resolverse desde marcos terapéuticos reduccionistas, sino que requieren modelos integradores capaces de incluir la experiencia subjetiva, el contexto y el significado.

En esta misma línea, Carme Valls-Llobet ha puesto de manifiesto cómo décadas de investigación androcéntrica han construido un conocimiento profundamente sesgado: modelos animales y cultivos celulares masculinos utilizados como estándar, ensayos clínicos que excluyen o infrarrepresentan a las mujeres y una sistemática omisión de variables clave como el ciclo menstrual, la carga de cuidados o el impacto psicosocial diferencial. A ello se suma su denuncia sostenida de la medicalización del malestar femenino, un proceso que transforma experiencias complejas y contextualizadas en diagnósticos fragmentados, sin atender a las condiciones estructurales, relacionales y culturales que las atraviesan.

Esta reflexión conecta directamente con el sentido del 11 de febrero, Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia, y con un debate especialmente relevante en la actualidad: el sesgo de género en la inteligencia artificial y en los sistemas tecnológicos aplicados a la salud. La IA aprende de datos y estructuras construidos en contextos con desigualdades históricas. Cuando esos datos presentan sesgos por ausencia o infrarrepresentación de mujeres y otros grupos minorizados, las herramientas derivadas de ellos tienden a reproducir y amplificar dichas desigualdades.

Cabe mencionar también a la Plataforma Mujer y Dolor, una asociación social y científica, multidisciplinar, que trabaja desde una perspectiva de género para promover la prevención, el diagnóstico precoz, la investigación, la atención clínica y la divulgación del conocimiento sobre el dolor en la mujer, impulsando la colaboración entre profesionales e instituciones.

Expertas como han señalado la importancia de revisar cómo se construyen y etiquetan los conjuntos de datos, así como de incorporar variables clave como sexo, género y determinantes sociales. Sin datos diversos y contextualizados, los sistemas no pueden ofrecer resultados equitativos ni clínicamente precisos para toda la población.

Recordamos también a Teresa de Pedro, física pionera en España en los inicios de la informática, la robótica y la inteligencia artificial, galardonada con el Premio Julio Peláez como Mujer Pionera de la Ciencia. Su trayectoria evidencia que las mujeres han estado presentes desde el origen de estos desarrollos, aunque no siempre hayan ocupado los espacios de liderazgo y reconocimiento que les correspondían.

La ciencia y la tecnología no son neutras: reflejan las estructuras sociales en las que se desarrollan. Desde la Terapia Reversión del Dolor somos conscientes de ello y trabajamos desde un abordaje mente-organismo que atiende la complejidad y la singularidad de cada persona. Al mismo tiempo, consideramos imprescindible avanzar hacia una investigación más inclusiva, una práctica clínica más consciente de las diferencias y un desarrollo tecnológico que incorpore diversidad real en sus datos, equipos y liderazgos.

Visibilizar estas dinámicas es también nuestro compromiso. Es una condición necesaria para mejorar la calidad científica, la precisión clínica y la equidad en salud.

Ya que la ciencia debe ser, necesariamente, una ciencia inclusiva.

MÁS INFORMACIÓN DE INTERÉS: 

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Aprovecho también para contarte que a finales octubre celebramos en Menorca la 3ra edición del retiro terapéutico para mujeres, junto con Carmen Cuní. Un retiro pensado especialmente para tratar el dolor con un enfoque de género, un espacio de cuidado y formación. Si quieres apuntarte, ya están las inscripciones abiertas. Encontrarás toda la información aquí.